Rosalía: "Todo está en constante movimiento"

Rosalía, foto © Ana Larruy
www.diariodeteruel.es  Si Lorca hubiera nacido en el siglo XXI se parecería mucho a Rosalía. Poesía, ecos y juegos, tragedia y cambios, talante y, ante todo, belleza y elegancia. Impresionante reinterpretación de los cantes flamencos, y toda la riqueza sonora, honda, deleite de detalles y sorpresas. La exquisitez no es casual, es la mágica conjunción de frescura y autenticidad de Rosalía y Raül Refree. Mucho más que un sensorial flamenco indie.   

Si artistas como Silvia Pérez Cruz, Soleá Morente o Carmen París se han quedado con nosotros por su talento y el nivel de su propuesta, lo mismo sucede con Rosalía, a sus 23 años, postulándose ya como una de las figuras emergentes más prometedoras y serias del flamenco actual, con sus canciones, estampas y estancias, luminosas, chispeantes, como el carbón ardiente y sus cenizas, y esa voz que cicatriza el drama que cuenta y el alma de quien lo oye.

Conocida por sus colaboraciones con el rapero C. Tangana, acaba de publicar con Universal Music su debut, Los Ángeles, fusión de flamenco y vanguardia, con guiños al blues, pero ante todo, un magnífico álbum de paisajes que nos hacen viajar a mil territorios, íntimos y morales, cercanos y lejanos en la paradoja, en la misma onda que importantes creadoras como Jocelyn Pook.

Cuerdas como gotas de agua, lágrimas como en La Hija de Juan Simón, el gran Raül Refree le ha sabido dar los matices perfectos para hacer de su experimentación un arte calculado, libre y sentido. Magnífica guitarra, la honestidad y desnudez de la propuesta le confiere todavía más autoridad. Como subraya lúcida Rosalía en esto de la música y los géneros, "todo está en constante movimiento". Y así es, gracias a ese tono y ese ritmo, gracias a la limpieza de pensamiento, a la modernidad de su propuesta. Sólo así puede niquelar temazos de otra órbita tan preciosos como I See A Darkness —versión de la canción de Will Oldham, 1999—, sin que parezca que haya cambiado de palo.

Esta bocanada de sinceridad se podrá disfrutar este viernes a las 21:30 horas en el Centro Cívico Delicias de Zaragoza, dentro del Ciclo De la Raíz; y este sábado a las 22:30 horas en el Centro Cultural del Matadero de Huesca. A sus adentros. Un megasoplo de aire fresco para estos tiempos tan ridículos. / © Carlos Gurpegui

Goyas entre thriller y cine de autor


Seguida por 3.648.000 espectadores, un 23,1% de cuota de pantalla, la Gala de los Premios Goya 2017 arrancó brillante con monólogos de Dani Rovira, para luego irse diluyendo a medida que avanzaba la noche. Con tantos guionistas en plantilla, ¿cómo es posible que siempre se desmadre la tensión atención en la entrega de premios! Sí que se aprovechó el activo del patio de butacas, la mejor muestra de la marca España. Se estrenaban Yvonne Blake y Mariano Barroso, que aportaron normalidad y compromiso desde la Academia. Méndez de Vigo —sombra alargada y plasma de Rajoy— se incorporó a la fiesta en son de paz, arrastrando sus baúles de Cine de Barrio a lo Jack Sparrow, pero sin doblones: por el IVA, el Gobierno recibió 28 millones de euros más de lo que ha invertido en el cine, nos enteramos. “Salud y trabajo para esta profesión, que no se merece el desprecio de nuestros gobernantes”, contrastaba por otro lado la homenajeada Ana Belén.

Esta vez Aragón participaba con los prometedores Isabel Peña y Miguel Casanova, y las presentaciones de las simpáticas y trabajadoras Luisa Gavasa y Alexandra Jiménez. Aun con una desaprovechada orquesta, la gala adoleció de glamur, salvo con la doblemente premiada Emma Suárez, con vestido de Lorenzo Caprile y sus dos reconocimientos por ‘Julieta’ y ‘La próxima piel’. En la alfombra roja fallaron, ni más ni menos, Carolina Herrena, Nina Ricci, Paco Rabanne y Jean Paul Gaultier, en plena guerra del perfume por las patentes de los aromas, con la firma aragonesa Saphir Parfums como principal patrocinadora. Entre repetidas citas a los likes, influencers y youtubers —redes donde la preciosa canción a capella de la también premiada Silvia Pérez Cruz fue lo más viral—, un Rovira en tacones reivindicó la equidad de género en la profesión, cuestión cada vez más preocupante: en el 2016 la representación de mujeres profesionales en nuestro cine bajó del 26%.

El año pasado se produjeron en España un total de 168 películas, 111 largos de ficción y 57 documentales. Tan solo 10 películas recaudaron el 70 % de nuestra taquilla, indicador para mostrar también la señal de alarma. En estos momentos conviven autores de todas las generaciones, sin duda un lujo. El español siempre ha sido más un cine de autor que de géneros. Poco queda del boom de la comedia, que ahora o es gamberra —gran contenedor de lo más cutre y machista que del ingenio— o es demasiado incomprendida con sus nuevas propuestas, ya sea romántica o intelectualizada. Cómo le disgustaba a Fernando Colomo eso de la llamada ‘comedia madrileña’. Durante décadas nuestro cine también ha venido ligado a la Guerra Civil. Qué inteligente tratamiento el de Koldo Serra en abordar ‘Gernika’ —una de las olvidadas de la edición— bajo estética de la Primera Gran Guerra.

Europeos, sí, quizá, pero nos cuesta abrir el debate y la mirada como ciudadanos del viejo continente. Para mí nuestra directora más europea es Mar Coll. Y claro, vistos los resultados de taquilla en representar códigos más universales, Jota Bayona es el nuevo exponente para los nuevos tiempos. Pronto irá a Londres a rodar su ‘Jurásico’. Una de las ganadoras de la noche, ‘Un monstruo viene a verme’ de Juan Antonio Bayona —9 galardones de los 12 a los que aspiraba—, es la apuesta de un autor de mirada triste tras muchos visionados cinéfilos, como décadas anteriores pasara con Amenábar. Si éste profundizaba en la soledad, Bayona lo ha estado haciendo con su trilogía sobre las relaciones madre-hijo, un realizador que con sus 3 películas ha ganado los premios a mejor director, pero ninguno al filme. Cosas que chocan.

España no ha tenido un cine neorrealista como los italianos, pero sí de thriller, especialmente desde la maravillosa ‘Nadie hablará de nosotras…’. Nuestro cine diverso abandera la crónica negra para reivindicar con suspense dramas sociales y una nueva apuesta por el entretenimiento. La otra gran triunfadora, ‘Tarde para la ira’ de Raúl Arévalo —que se llevó 4 importantes Goyas— es nuestro ‘Taxi Driver’, otro ‘Perros de paja’, como si el cine de Fernando León sacara la recortada. Merecido premio al sorprendente Manolo Solo como actor de reparto. ‘El hombre de las mil caras’ de Alberto Rodríguez recogía este año lo mejor de las subtramas y se arriesgaba con el cóctel político. Pronto rueda serie en Andalucía para Movistar. ‘Que Dios nos perdone’ de Rodrigo Sorogoyen es el más policíaco de estas tres, con un asesino en serie en la senda del primer David Fincher, y premio para Roberto Álamo, como si de un nuevo Luis Tosar se tratase.

En la parrilla, ahí se quedó ‘Julieta’ de Pedro Almodóvar, desde la madurez su actual reflexión sobre la culpa y las pérdidas, el dolor a mayor gloria de los fans postmodernos de Bergman. Crisis de géneros, pero apuesta por la firma. El autor siempre construye un sistema de verosimilitud soportado por un corpus de películas. Es un mercado inventado como género destinado al mercado. Para ellos todo son premios, como ocurre con el corto ‘Timecode’ de Juanjo Giménez o la cinta gala ‘Elle’ de Paul Verhoeven, soberbia y sin fronteras. Merecidos Goyas para ellos. Como dice Saura, “Goya era un cineasta creativo y poderoso antes de inventarse el cine”. Quizá nuestro séptimo arte tenga que ensayar más, hacer más de laboratorio de historias y formatos de producción, porque como sabemos, España no es país para viejos, digo, para bromas. Nos vemos, en el cine. © Carlos Gurpegui
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